Hablando de fantasías…
Soy tan cliché que empiezo a vivir del aire. Soy tan cliché que me voy a quedar sola encerrada y pensando que las cosas de tanto nombrarlas se hacen realidad.
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París bien vale una misa.
No soy París. Pero me conformaba con un mugroso sahumerio, un salmito silbado, un turrón húmedo.
No soy París, no recibo más exiliados.
No entono más canciones tristes. Levanto los puentes. Asumo mi falta de Versailles.
No valgo una misa. Tampoco significa que no podría haber habido una pequeña comunión.
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A. R. hace muchos años, cuando nos separaban muchos más (menos) kilómetros que ahora yo podía -gracias a la tecnología que nos unía- citarte al viejito querendón cuando hiciera falta para que me entendieras/recordaras/sintieras. Que hay poetas mejores es cierto, pero todavía tengo el don de la intertextualidad con tanta ternura de persona y lo que digas/pienses/sientas (un puente poético entre vos y yo).
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.
El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
como en Millán y Reyes galopan los tranvías.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños,
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa. (…)
Mario Benedetti
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La frase “de lo único que no se vuelve es del ridículo” es una sentencia horrible. Yo no creo que sea tan así, pero no había notado el pánico que me produce el ridículo. Pero también, para entender mi parálisis, reflexioné sobre qué es ese sentimiento en sí.
No es el ridículo externo, el adjudicado por los demás. Si así fuera, si temiera a la mirada reprobante del otro, pocas de las cosas que realmente me gusta hacer quedarían exentas de abrumarme de miedo. No es al juicio, es a la incomodidad a la que le huyo.
Es cuando yo me siento fuera de lugar, de una manera incontrolable y por motivos que no comparto, cuando se me cierra la garganta, me duele el pecho y necesito huir. Como linde estoy acostumbrada a no estar exactamente entre iguales nunca. Soy la más rubia de este grupo y la más guarra de este otro. Pero yo lo sé, y sé lo que dirán de mi si enuncio una crítica católica sobre tal cuestión o una marxista sobre tal otra (como si yo fuera capaz de lograr alguna de esas dos cosas con la maestría suficiente como realmente incomodar al que me oiga). O por como me visto, mi ciclotimia extensiva a la indumentaria es algo que realmente me divierte. Ni en el pueblo me dicen algo (seguramente lo piensen, pero eso yo ya lo sé: ellos me enseñaron todo lo que sé sobre la humillación) por mi ridícula manera de vestirme (que no llega a ser lo suficientemente “tan” como para marcar una verdadera diferencia, tibia me dice Armanda y hasta a esa crítica puedo sobrellevar con dignidad). Y si lo hacen los entiendo, los comprendo, lo espero y –en el fondo- estoy acostumbrada.
Pero cuando la mirada es desconocida, es decir, sus códigos son desconocidos, creo que podría llegar a morir si los viera con esa cara de desagrado o de sorna. Soy yo quien pone esos gestos en sus rostros, yo me siento ridícula, yo me intimido y quiero desaparecer. No puedo mezclarme con ellos, con quienes no comprendo, con quienes pueden llegar a tener esa mirada (así sea en mi paranoia).
Es como yo los veo que los deforma tanto. Me siento creep ante ellos. Es, sobre todo, con determinado tipo de persona con que realmente no me puedo juntar ni por casualidad. No sé si el problema es mi autoestima o la intensidad de mi resentimiento. El que se quema con leche ve una vaca y llora, gran máxima, a esa sí que adscribo totalmente. Soy poco original, lo sé, este post podría llamarse “quejitas de una nena de quince años” ¿Y qué? No puede ser que haga tanto tiempo que no pueda superarlo.
No me puedo mezclar con ellos: me lastiman. Sus sonrisas de publicidad, su pelo brilloso, sus modales almidonados. Me hacen poner nerviosa y quiero gritar, quiero que no existan mundos así, que nadie sea así jamás, que nunca más puedan juzgar y señalar ni herir, ni siquiera quiero que pisen el mismo suelo que yo ni que respiren el mismo aire.
Ni siquiera me causan gracia, si quisiera no me podría reír de ellos. Me saturan y me hacen querer volver a mi cálido mundo. En el fondo soy sensible, me gustan los algodones, las confrontaciones directas, las críticas articuladas. No puedo exponerme a esa gente cuya sola existencia es veneno, cuyos códigos desconozco pero que he visto de refilón y me parecen tan tristes que me dan ganas de llorar.
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Que la pesadez es densa, ya se sabe. Que por lo tanto es complicada, incluye esfuerzo y hasta cansa, también. No soy el gran Ortega y Gasset y él ya lo dijo mejor que yo que lo que separa a la masa del hombre extraordinario es su capacidad de esfuerzo, de anhelar con grandeza y luchar por el anhelo y todo eso… se lee en el prólogo de la Rebelión de las masas y mucho más articulado.
Yo voy, desde mi humilde perspectiva, a la liviandad suprema, a la evasión total entre los seres humanos. Soy kantiana, soy aristotélica, bueno, atáquenme como quieran pero yo amo su alma porque los hace humanos, amo su humanidad. Considero que no importan las prácticas sociales que nos unen, hay una chispa de humanidad, un ruaj primigenio que deberíamos adorar y respetar. Desde ya, si las prácticas nos separan es un ejercicio de la misma humanidad que nosotros mismos nos alejemos, no estoy escribiendo un manifiesto sobre la santidad sino un llamado al sentido común.
La humanidad, por contraposición a la infrahumanidad, reconoce eso. La infrahumanidad se escuda en categorías (mucho más lamentables que las mías, mucho más bajas que el imperativo categórico) sociales para definir cuándo ejercer su empatía (al empatía real no se elije, surge). Es correcto aquí, es molesto allá. Es un esfuerzo contra la diosa diversión que yo te vea a los ojos queriéndote mirar, queriendo reconfortarte, queriéndote. La frase por excelencia de la infrahumanidad es “no le debo nada al otro”, el deber ser está devaluado últimamente. Iba a decir que no es cuestión de deber, pero lo es. Es un deber cuidarnos entre nosotros, claro que sí. Es un deber para quienes no quieren ser hormigas, hola cómo estás, comemos, cogemos, reímos, tomamos, salimos, bailamos mientras las antenas se tocan y después seguimos nuestro camino, que se nos va el subte. ¿El subte que los lleva a dónde además? Querer no lleva tiempo, no consume espacio, no quita dinero, en realidad ni siquiera es una cuestión de esfuerzo, es una cuestión de disposición, de apertura con el pecho (porque le pecho de las hormigas casi les toca el suelo, vamos, abracemos nuestra propia evolución). No se trata de vivir todas las relaciones como si fueran la mejor y la más alta, se trata de no objetivar al otro sólo porque no es el más alto y el mejor entre las miles de personas que se cruzan en nuestro camino. “Los pueblos sujetos de la historia” dice un profesor mío con la voz quebrada de la emoción. Él ya puede pensar en los pueblos como sujetos y el resto de los idiotas se apuran a esquivar la mirada de su vecino-objeto.
No quiero ser una hormiga, no quiero ser infrahumana. Su infrahumanidad me aburre y la desprecio, los desprecio por no hacerse cargo del ruaj, de mi alma, de mis ojos queriendo ser vistos, de mi humanidad que se impone ante la de ustedes. Suena que escribo desde la pedantería, pero no es así. No es que estoy orgullosa de ejercer la humanidad, porque ya no estoy hablando de la masa versus hombre extraordinario. Casi diría (pero sé que no es así porque a lo fines prácticos es mucho más cómodo no hacerse cargo de nadie) que implica más esfuerzo ser infrahumano que humano, porque la humanidad está por esencia en nosotros, como el pensamiento: la infrahumanidad implica hacer el esfuerzo de no pensar, ni en uno, ni en el otro, en nada. Ser una hormiga que camina rápido, toca las antenas y sigue. Años de pensamiento, guerras mundiales, tanta sangre, tantos suicidios, tanto arte, tanta literatura… al pedo. La psicología nos enseñó a mirar para adentro, pero los hombres se están volviendo chicatos.
Los infrahumanos, qué sopor, qué liviandad. Los humanos, qué densidad, qué cansancio, pero qué belleza.
