Archivado en: Todo acá es categórico y alegórico | Etiquetas: El insomnio tiene cosas raras, Mi más sentido, Urbana
Lo robé de un blog, no sé si Anais Nin se las trae o es de cuarta pero me estoy fumando mi último cigarrillo así que no me voy a poner a googlear. Al respecto del verbo googlear, y aunque no tenga nada que ver, quiero trascribir la conjugación sugerida por Marcos en un rapto de inspiración pre-entrega: “Yo googleo, tú googleas, nosotros facebook”. El stress hace cosas increíbles con el ingenio.
En fin, volviendo a mi robo ignorante, trascribo:
“Fue el terror a esta nueva vida, más que el terror a la muerte, lo que me impulsó. Salté de la cama y huí de la habitación que crecía a mi alrededor como una tela de araña, apoderándose de mi imaginación, royéndome la memoria de modo que en cinco minutos se me olvidaría quién era y a quién amaba.
Era la habitación número treinta y cinco, y al día siguiente podría haber despertado en ella convertida en una puta, en una loca, o, lo que es peor, sin cambiar en nada.”
Estuve pensando mucho en huidas últimamente. Mi capacidad de alejarme es una característica que hace mucho que no uso, pero que sé que tengo. Afortunadamente, la desarrollé mucho antes de poder irme físicamente de los lugares. En esa época mi nick era Pasajera, me servía mucho la idea del trance aeroportuario. Quietita en mi pueblo yo ya me había ido hacía mucho. La usé muchas veces después. Funciona como la capacidad de abstracción. Es algo así como el video clip de Fiona Apple de Across the universe. Es algo así como la letra de Across the universe. Es algo así como estar mirando fijamente un punto en la pared mientras lo zamarrean a uno hasta hacerle sangrar la nariz.
Pero esta vez estaba (estoy) tan abrumada que era inminente la valija material, con mis posesiones de un lado y mi perrito del otro. El pasaje era necesario. El destino era urgente. Pero después me di cuenta de que no iba a servir. No sólo por el pensamiento armado de que no sirve de nada, de que siempre es uno el mismo aunque la locación cambie. Sino también porque reconocí en el texto de mi amiga Anais la causa de mi terror y lo que impulsaría mi huida. Sí, irme lejos, cambiar el orden de los factores. Empezar una nueva vida, sin las molestias de esta, eligiendo hacerme llamar por otro de mis nombres, borrando mis huellas, eligiendo otro entorno, otra personalidad, poniéndome otra ropa, caminando otras calles.
Suena, por un lado, a una materialización de la fantasía infantil de morir para que lo lloren. Nada más abrupto que una revolución, que una cama vacía, que un espacio abandonado, que una ausencia vengativa.
Por otro, pareciera una respuesta a una pregunta mal formulada. Woody Allen entre otros fanáticos de Nueva York se preguntan siempre dónde va quién deja esa ciudad. Sacando pueblos de mala muerte como Tresa la pregunta se aplica a casi toda ciudad del mundo. En este momento ¿dónde va quien deja Buenos Aires? ¿Con qué excusa académica-laboral podría abandonar la Capital del sur? No existe, y alegar desequilibrios psicológicos me convertiría en una adolescente que vio demasiadas veces Thelma y Loise más que en una persona que enfrenta la locura en vez de irse por el camino buscando molinos de viento.
En el fondo, y no necesito un psicólogo para esto, me aterra la idea de una nueva vida pero ya no soy tan chica como para pensar que es en la huída donde la encontraría. Porque, a fin de cuentas, irse es lo que uno siempre hace para destruir, destruir no funciona a futuro, en el fondo irse es quedarse donde uno está. Irse es estancarse porque se destruye toda posibilidad de futuro con la terrible ficción de estar empezando algo “nuevo”. Pocas veces se hace algo nuevo en la nueva locación más que encontrar el delivery barato que queda más cerca o hacerse de un grupete que anime la soledad de siempre. Los errores se vuelven a cometer y el mundo es chico para tanto ensayo sin síntesis.
Soy una apátrida sin capacidad de arraigo y hasta yo sé que para cambiar necesito quedarme. Porque la ciudad se puede romper a mi alrededor y yo voy a seguir siendo yo con mi mundo intacto. Porque lo peor que me puede pasar hoy es levantarme de esta cama convertida en lo mismo. Lo peor que me puede pasar hoy es levantarme de cualquier cama convertida en lo mismo.
Fiona Apple :: Across The Universe
Archivado en: Otredad, Todo acá es categórico y alegórico | Etiquetas: Explicaciones superfluas, Mi más sentido
París bien vale una misa.
No soy París. Pero me conformaba con un mugroso sahumerio, un salmito silbado, un turrón húmedo.
No soy París, no recibo más exiliados.
No entono más canciones tristes. Levanto los puentes. Asumo mi falta de Versailles.
No valgo una misa. Tampoco significa que no podría haber habido una pequeña comunión.
Archivado en: Todo acá es categórico y alegórico | Etiquetas: Diario a diario
Él dice que soy normal, totalmente normal y que no debería preocuparme. No es sobrador, ni una reminiscencia del Doctor House que, me doy cuenta, esperaba encontrarme. Pero yo ya sabía que era normal, de hecho mi discurso empezó: “Me pasa algo para nada original”, pensé que ellos atesoraban las palabras y esa frase no la dije al voleo, la pensé, la ensayé, y cuando la dije la entoné con gravedad. De hecho me avergoncé al tener que explicársela (citar al libro de Rolón es una de las peores cosas que le pueden pasar a uno cuando está medio en pose). Que me diga que soy normal ni me da ni me saca, estoy un poco decepcionada porque él lo dice como si hubiera encontrado oro y afirma que así funciona, que su declaración tiene valor terapéutico.
-¿Cómo decís que funciona?- Su último comentario me había sorprendido totalmente.
- Vos venís, me decís lo que te pasa y yo te digo que eso es normal. Entonces vos te sentís mejor, porque sentís que alguien te comprende y que no sos un bicho raro.
- Así ¿de una?
- Sí, así funciona. – Y se ríe. Me gusta que me tome para la chacota, sino no podría desplegarle mi neurosis incipiente
Me acuerdo el día que la Gorda terminó llorando porque me reí de que su analista le hubiera dicho que la belleza era subjetiva. Claro, si vos no querés hacer dieta y él tiene que cuidar tu salud mental ¿qué te va a decir? Hay datos objetivos sobre la belleza y sobre la normalidad, no jodamos.
Me caía bien y entendía lo que quería decir, pero fue una gran decepción. ¿Quería que me dijera que no era normal? Por suerte, pienso ahora, no es de esos pelotudos que dice con esa retórica de la condescendencia: “¿Qué es normal?, ¿Quién dice si algo es normal o no?”. Pero igual, ese dato estadístico (el de ubicarme en la media y la mediana) no me sirve para una mierda.
Bah, eso pensé en el momento. Ahora estoy esperando encontrar una excusa para llamar a mamá y decírselo. Qué pelotuda que soy, espero que este tipo de comportamientos no se halle entre la media y la mediana o nos espera un destino muy triste como humanidad. Ensayo: “Quiero decirte que el doctor dice que es normal, perfectamente normal, que soy normal” (no me sale natural, parece que voy a coronar esa frase con una sacada de lengua adolescente animé).
Pienso si le metería mi estocada final “y que ustedes me conflicturaron desde el nombre”
Seguramente lo deslice como un chiste, pero para mí no es un chiste.
El doctor tiene razón, él dijo eso, me sentí comprendida y ya me siento mejor.
- ¿En serio es la primera vez que haces esto?
- Sí, en serio- no creo que haber leído el libro de Rolón califique como una experiencia en ningún sentido pero me guardo el comentario, tengo miedo que piense que estoy obsesionada o algo. Ya es la tercera vez que me lo pregunta.
- Bueno, no parece que lo necesites.
¿Cómo que no? ¿Cómo que no? Hago un esfuerzo, le cuento mis desajustes. Pero para ese momento yo tampoco lo siento muy necesario. Noto que no anota noctambulismo ni angustia pero que se despacha cruelmente “entomológico” en tinta azul sobre mi registro. Ah no señor, esa palabra no es mía, estaba citando a Benedetti, si usted analiza eso está analizando a Benedetti. “Pero la palabra no la inventó él, ¿no?” ahora su sonrisita condescendiente me cabe muchísimo. Sigo, ya ni me acuerdo por qué estoy ahí.
- Es que no, me parece absolutamente normal. El caos es normal, bienvenida a la adultez ¿qué querés que te diga? Además lo tenés controlado, si hasta pareces Woody Allen cómo contás las cosas.
Intenté hacerle ver que la comparación, en el fondo, era muy desafortunada (claro que estoy orgullosa, él dijo eso, me sentí halagada y ya me siento mejor). El resto de la charla discurrió tranquila mientras él me contaba cómo lo de Woody también era perfectamente normal.
Archivado en: Todo acá es categórico y alegórico | Etiquetas: El insomnio tiene cosas raras, Mi más sentido
Tengo varios planes:
Voy a dormir una semana
Voy a apagar la computadora
Voy a cerrar los ojos
Cerrar la boca
Sellar los labios
Cruzar la mente
Cerrar los brazos
Apagar el celular
Colgar el tiempo
Terminar los sueños
Aviso desde ya que:
No voy a estar
No soy
No quiero
No deseo
No busco
No encuentro
No me interesa
No me importa
Ud. se ha comunicado con el contestador de lo que solía ser algo y ahora es nada, como nada surge de la nada no espere una respuesta pronto.
Archivado en: Help!, Juan Sin Tierra | Etiquetas: Correspondencia, Intertextual, Mi más sentido
Un hombre detiene su auto en un semáforo. Rojo, ¡prohibido avanzar! Amarillo, ¡precaución! Verde, ¡avanzar! Todos miran con el mismo filtro: la ley de los carteles. Es infalible, los carteles o las señales de tránsito nunca se equivocan (a menos que la mano del hombre intervenga). El semáforo está en verde, pero mi auto sigue en rojo. Las bocinas se multiplican. ¡El mal urbano! El cementerio de asfalto, la lluvia de cables, las jaurías de colectivos… Mientras tanto, cuando el sol intenta ingresar a los hoteles, un hombre enfermo de dudas descansa en una nube. “Sufro del conocido mal del ansia de conocimiento” dice y escribe al mismo tiempo en una pequeña libreta de anotaciones. (Escribir y decir en paralelo aclara las ideas). Es decir, que padece de la intriga, el despertar del conocer. Al mismo tiempo, me asumo como negador. (El hombre en la nube ahora escribe en primera persona). Estoy convencido que hay cosas adentro mío (en un lugar conceptual de mi ser) que no puedo aceptar, que no puedo ver… como aquel ciego, que no sabe que es ciego. Cree que eso que mira, es mirar, que el verde es verde. ¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos ver o le sacamos los ojos? ¿Le regalamos una noche para siempre?
Yo se que meterse a explorar el cajón de los recuerdos puede convocar a la Angustia, pero la angustia –u Octavio, como me gusta llamarla– es la base de la existencia moderna. (El cogito quedó a un lado, lo Descartamos). La nostalgia lo explica mejor: nostos (regreso) algos (dolor). Otra vez la clarividencia de las etimologías. Pero ¿que nos duele? ¿El dolor de regresar o el dolor de ya no ser? El sentimiento es el mismo: lo que estuvo y no está, y lo que puede ser y puede que no sea… o dicho de otra manera, “no hay peor dolor que el que no se siente”. Entonces, concluimos que la remera de Marcos toma un papel preponderante en la historia. ¡Si! mucho más preponderante aún: se ha transformado, por arte de la alquimia casuística, en una casualidad poética… ¿Qué quiero decir? Que esa camiseta anuncia un eco que no se escucha. Algo irresuelto, ¡el cabo suelto!
Un ejercicio lógico sería dejar de lado las conjeturas a futuro. Si yo no sé que mañana voy a morir, no existiría la tristeza por nunca haber leído aquel libro. Lo mismo con la vida pretérita y el “que hubiese pasado si”. Las conjeturas –o bien los cálculos– son útiles en los pizarrones. Aniquilan el let it be. Pero es inevitable… el ser humano es su pasado en proyección. ¡Pero sólo gozamos del presente! De eso se trata el gran descubrimiento de Kundera: la matemática existencial. La ciencia exacta que determina cuanto vive el hombre en pasado, cuanto en presente y cuanto en futuro. Heráclito tenía razón: el río inconstante no existe. Es otro, y otro, y otro, y otro, y otro.
Archivado en: Todo acá es categórico y alegórico | Etiquetas: Diario a diario, Mi más sentido
La lista del Ares decía “numb”. Sí sí, pensé yo “numb” y en mi cabeza hubo como un intento de eco, pero no lo escuché (o el eco no dijo nada). Hasta que él dijo al pasar (pero fue como si hubiera escuchado al eco fallido y lo hubiera materializado para mí): “Como comfortably numb”. Sí sí, pensé yo: si menor la sol re menor simenorlasolremenor (el orden me lo acordé después). Cayeron algunas palabras, relax, just a little pinprick, a distant ship smoke on the horizon.
La gambeta al eco había fracasado, me acordé y me asusté (me asusté porque descubrí que lo había olvidado). Comfortably numb, sería septiembre, octubre, ¿noviembre? Lo había aprendido, esa parte no me salía tan bien y me dijo que estaba mal en la página de internet, corregí esto, acá se repite lo mismo. Son pocos acordes, pero todas las canciones que toco son pocos acordes y no me acuerdo de ninguna. Vamos, tanto tiempo juntos, vos tocas la guitarra, te dejo enseñarme. Y la aprendí. Me acordé los acordes, un poco más difícil con la letra que es larga y complicada. Y la tocaba contenta, cada vez que agarraba la guitarra. Meses meses meses tocando la canción, aprendiéndola, salteándome la parte que no me salía y orgullosa.
Y antes de ayer había subido Dark side a mi mp3 y no la había recordado. Y había soñado que Roger se subía a mi cama como cuando quería que lo sacara a pasear y no me había acordado. Había estado tocando la guitarra y el eco no se había hecho presente.
Pensé la ironía terrible, tanto tiempo juntos y sólo esa canción había aprendido y con una determinación que no había tenido para ninguna otra y con unas ganas de cantarla decisivas para poder franquear mi orgullo y mi mala voz y dejarme enseñar. Y con un sarcasmo digno de mi suerte la había olvidado. No tiene que ver con él, aunque asumo que también tiene que ver. Is there anybody in there? Is there anyone home? Si la canción hubiera sido Mother ¿me la hubiera olvidado con la misma determinación o era esa terrible canción que estaba destinada a que la bloqueara por su densidad? No, no había nadie at home, no en ese momento. Quizás era eso, un año, quizá más, de esa confortable automacidad, sin el interlocutor (Can you show me where it hurts?) sin el esperado pinchazo, sin el rescate. Y ahora, habiendo salido como un caracol que termina de pasar por una mina de sal, me había desprendido del recuerdo del dolor (porque el peor dolor es el que no se siente, según decía la remera que trajo M. a mi luto). Simenorlasolremenor, pero el recuerdo es inevitable cuando se recupera la conciencia (supongo).
El chiste final fue acostarme, relareladosoldosol, y que estuviera Silencio en canal siete. ¿Quién mierda es canal siete para pasar Silencio a esas horas, ahí, cuando mi cerebro luchaba por escapar de ese tiempo (septiembre, octubre, ¿noviembre?)? Me sentí una idiota, Silencio, confortably numb y yo ahí, muerta en vida (definitivamente noviembre, también diciembre) sin hacer la relación. Pasaba por las cosas y las gentes, enceguecida, sentada en la misma cama en la que me traicionaban mirando y sintiendo pena por las mujeres en la pantalla que sentadas en una cama se traicionaban. Dejando resbalar mis dedos por los acordes que contaban como otros se entumecían y sufrían sin saberlo. Y nunca pensé que era yo. Nunca me hice cargo, nunca supe que estaban hablando de mí.
No es su traición la que me duele, es la mía. Me escondí, no luché, no peleé, no me salvé. No me escuché, directamente no me hable, no pensé. No tiene que ver con algo tan superficial como él, tiene que ver con haberme convertido yo en un ser tan superficial. No debería haber entrado en ese trance, nadie jamás debería caer en ese trance y esquivarse. Porque duele más morir en vida que todo lo demás. Suena trágico, no soy trágica, de haberlo sido me hubiera permitido destruir la habitación o tomarme un tren. Soy cobarde y débil y elegí dormirme.
Y ahora, como un distant ship smoke on the horizon, todo vuelve a echarme en cara la capacidad de ser autómata y morir, dejarme matar, esquivar el pinchazo y ocultarme en el silencio.